La gestión del miedo

El miedo surge cuando no podemos comprender el sentido de lo que está aconteciendo, cuando no tenemos claro cuáles son las acciones que tenemos que hacer para mejorarlo, cuando no tenemos claro que vayamos a poder recibir ayuda y protección de figuras fiables, cuando aún no se ha desvelado la evolución que tendremos o que tendrá el problema y, sobre todo, cuando la dimensión del desafío, que imaginamos que vendrá, parece muy superior a nuestras capacidades.

La distancia que hay entre el tamaño del problema y nuestro potencial disponible es lo que marca la cantidad de miedo que vamos a tener. Esa distancia es lo que nos hace sentirnos seguros y activos, si creemos que podemos superarlo, o paralizados y victimizados si creemos que vamos a perder en ese desafío. También el miedo es generado por el miedo de los demás. Somos mamíferos de manada, el comportamiento del grupo es para nosotros trascendental a la hora de evaluar la situación. En eso todos somos responsables.

Básicamente, el miedo es una energía bruta que el cuerpo lanza para que la tengamos disponible para poder huir del problema, atacar el problema o manejarnos en él mientras que el desafío está presente. Esa energía debe ser canalizada en una acción ejecutiva que nos permita emplearla en la gestión. Cuando no sabemos qué hacer exactamente, podemos llegar a quedarnos paralizados o a tomar decisiones inoportunas, desproporcionadas o estrambóticas. Y si no se canaliza bien nuestro propio comportamiento desproporcionado les dice a los demás que lo que sucede es más grave de lo que ellos perciben y, por tanto, incrementa su miedo. El miedo es una energía, por tanto, que necesariamente ha de ser gestionada inmediata e internamente, porque su expresión indiscriminada es perderse a sí mismo y entregarse al dominio del mitológico dios Pan, del que proviene la expresión “pánico”.

Una de las estrategias más importantes en la gestión del miedo es tener la suficiente lucidez como para comprender si el problema del que nos estamos ocupando es una cosa real, un hecho objetivo, o es una previsión imaginaria de cómo nos imaginamos en el futuro esa situación hipotética que NO está sucediendo todavía. Hemos de darnos cuenta que en la mayor parte de las ocasiones esa cosa que imaginamos NO sucederá o, incluso, si sucede, no vamos a experimentarla como la mente ahora la está imaginando. Cuando se llegue a ese río, se construirá ese puente. El presente es mucho más capaz de manejarse que el futuro negro imaginado, que es imposible de manejar, dado que obviamente NO existe, al ser solo imaginario.

El miedo es una sensación corporal, desagradable, pero solo una expresión corporal. Es una tensión muy incómoda que busca ser liberada. Esa tensión, que nosotros percibimos como emoción, carga de energía el pensamiento, que se pondrá a explicar la situación con una narrativa interna, con un relato proporcional a la sensación emocional. El pensamiento suele dar la razón a la emoción si es suficientemente intensa. La narrativa creada internamente puede ser lúcida o loca. Esa explicación que da el pensamiento condicionará nuestra acción a realizar. Cuando el miedo es muy grande, desborda incluso el pensamiento y toma el control con acciones caóticas.

Por tanto tener el pensamiento bajo control es imprescindible, pues tendemos a identificarnos con lo que pensamos como si fuera una verdad absoluta, sin darnos cuenta que solo es un producto de la sensación corporal que estamos sintiendo. El pensamiento, la imaginación, es capaz, a su vez de incrementar la tensión corporal, pues es el cuerpo reacciona a lo imaginario como si estuviera existiendo, del mismo modo que una fantasía sexual imaginaria –que no es real- excita al cuerpo. El bucle retroalimentado entre el pensamiento y la sensación corporal acaba generando ansiedad, que si no se para, puede ser crónica. Ese funcionamiento repetido, sin corrección, acaba generando un rasgo de carácter permanente más allá de lo que suceda: somos miedosos siempre.

La manera más inteligente de gestionar el miedo es, por tanto, poner el pensamiento lo antes posible bajo la lupa de la conciencia, sin dejarse llevar por él. Ese entrenamiento es meditación continuada. Descartar el pensamiento desproporcionado es trascendental. Así nos podemos centrar en dedicarnos a la gestión de la sensación corporal, pues, por desagradable que sea, es más manejable que la locura del pensamiento. Abrirse a la sensación corporal, observarla, aceptarla y respirarla con tranquilidad produce su disminución. Eso es también meditación. Cuando tenemos tolerancia a la sensación corporal, accedemos a mayor paz. La paz nos da lucidez de observación, confianza, eficacia y proporción.

El miedo es lo contrario de la confianza. La confianza puede ser depositada en muchos agentes: confiar, sobre todo cuando toque, en mi mismo y en el funcionamiento de mi propia naturaleza. Confiar también en los demás, pues ya sabrán ellos también gestionar su situación. Necesario también confiar en las figuras de protección: líderes, sabios, técnicos o expertos en la temática mientras no esté demostrada su ineficacia. Y sobre todo, confiar en el funcionamiento de la realidad, la vida, el universo o la divinidad, pues su inteligencia no puede ser abarcada por la nuestra, esperando así que, en su momento, todo tenga sentido. La desconfianza imaginaria es incrementar gratuitamente el miedo.

Existen conceptos claves, verdades universales que nos ayudan en estos momentos: la certeza de que sea lo que sea lo que pase, se pasará, también se pasará, pues nada es permanente en la vida. Otra es la certeza del presente, que nos indica que cada acontecimiento se gestionará en su presente, y el propio presente nos indicará cuál es la acción correcta en ese momento. El miedo (rechazo, aversión) es lo contrario del amor (aceptación, fusión).

Por tanto, en tiempos oscuros es importante aprovechar lo que acontece para depurar nuestro propio espíritu, y eso siempre se puede hacer. Haremos, pues, lo que se pueda con lo que esté pasando en cada momento, y usar eso que esté sucediendo para testar nuestra vitalidad, nuestra valentía, nuestra aceptación, nuestra capacidad de ayuda y comprensión con los demás, nuestro amor y confianza y nuestra sabiduría interior.

Son en los momentos más difíciles donde el espíritu humano muestra lo peor y lo mejor de cada uno. Es en los días oscuros es cuando se ve que unas personas son absorbidas por la oscuridad, e incluso la incrementan, manejados por el miedo que despierta la agresividad, el acaparamiento y la transmisión del pánico. En esos momentos se gestan los comportamientos cobardes, los egoístas y los mezquinos.

Sin embargo, no olvidemos que también son los lugares donde nacen los héroes, los aliados, los guías, los compasivos, los genios y los magos. Son esos momentos oscuros en los que algunos encienden su propia luz para poder ayudar a los demás y a sí mismos mientras se avanza entre las sombras hasta que vuelve a reinar la luz y la paz. Porque, inexorablemente, el sol volverá antes o después eliminando las sombras.

Y no olvidemos que hay un arma que el miedo no puede superar: el humor.

Cuenta la leyenda que el dramaturgo Pedro Muñoz Seca, cuando estaba frente al pelotón de fusilamiento, declaró:

Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, incluso podéis quitarme, como vais a hacer, la vida, pero hay una cosa que no me podéis quitar… y es el miedo que tengo”

Esa labor, queridos, nos corresponde a cada uno de nosotros.

Mariano Alameda. MAR´2020